23 de septiembre de 2016

¿Autocrítica?

No suelo dar muchos rodeos a no ser que salga a caminar con el perro, así que tampoco lo haré cuando se trata de examinar un trabajo que procede de mis manos. La exigencia es un rasgo de carácter valorable cuando no es llevado hasta el extremo del látigo, y que me perdonen pero he sido exigente con todo el mundo mientras dejaba a la laxitud dominar mi propio comportamiento. Empieza a ser hora de hacer propósito de enmienda y, también, de una cura de humildad. Por un rato.

Lo primero a destacar del último cuento publicado es que escribo como hablo: mal. Breve. Sencilla. Sin vueltas ni florituras ni metáforas. Se puede decir que se me nota la incultura en la lengua, ¿o tal vez debería decir “Se aprecia mi incultura en el uso de la lengua”? Habrá formas mejores. Soy, lo que mi hermano señaló y no sin poco acierto, recursiva. En cuanto me encariño con una palabra, expresión o fórmula sintáctica (como por ejemplo: “no es A sino B la que/el que/lo que…” y similares, o las descripciones de tres en tres aunque redunden unas en otras), la repito hasta la saciedad. Y me enerva.

También la descontextualización del texto se aprecia a simple vista. Hay varios puntos a destacar en este sentido, pero lo resumiré con una única muestra: la localización. ¿Dónde están? Lo sabía, de acuerdo, me permití la licencia de no escribirlo. ¿Cómo llegaron ahí? ¿Cómo le transportó? Si hubiese tenido respuesta para todas estas preguntas, no me habría conformado con un cuento. Resolví con varias excusas del tipo “para qué si esto es un blog que no lee ni Dios”, “si por el tipo de narración tampoco es necesario”, entre otras, que me evitaron la frustración inherente al hecho de no tener ni idea.

Los personajes adolecen de indefinición, y eso que solamente hay dos. Sí, es un cuento de no más de seis páginas concebido para eso, sin pretensiones. Sin embargo, el quién es quién en esto del relato importa tanto como lo de introducción, nudo y desenlace (que me salto porque me apetece), y no he sabido dotarlos de personalidad suficiente. No me sirve repetirme que han sido los primeros que desarrollo partiendo desde cero si sigo optando por el camino más sencillo sin preguntarme de dónde vienen.

¿Y los diálogos? “Digo”. Prometo corregirlos, he visto ejemplos de ellos por cientos, malos y buenos, deben estar escondidos en algún rinconcillo de la mente, ocultos tras la perversidad y el rencor. ¡La cantidad de mierda inútil que ocupa el cerebro!

No acabaré sin hacer referencia a los tópicos, muletillas y otras cosas de mal ver, ejemplificadas muy bien en este artículo de Yorokobu, y diseminadas por el cuento. Afirmaría que se trata de la transcripción exacta de la manera de hablar de la protagonista o que es un monólogo y seguiría sin saber si me excuso o argumento. ¿Me jode notarlo? (Retórica=Aberración). Obvio.

Existen mil defectos más por subrayar, alguien ya lo estará haciendo o ya lo habrá hecho (querencia que tengo por las disyuntivas). Otros aprovecharán para ilustrarme con condescendencia y paternalismo. Algunas, directamente, sacarán alguna idea sin ni siquiera dar las gracias mientras critican, con el morro de medio lado, dónde lleva la raya tal o cual periodista y cuchichean sobre la silicona que sale en las revistas.

No me avergüenzo de cicatrices que no tienen solución; ni de aquello que me falta y sí la tiene, lectura. Esa otra gente, ni con ella tiene remedio.

“En una mano llevan la piedra, en la otra muestran el pan”. Porque nada más tópico para acabar que una cita de alguien a quien no conozco.

18 de septiembre de 2016

Alimento para los buitres (XVII)

—Dicen de mí que no puedo matar a nadie y sin embargo aquí estás, moribundo y descarnado, a la espera de que algún día me olvide de ti y del daño que aún te debo. Ten por seguro que mil veces gastaría el tiempo invertido en esto si con ello consiguiera un poquito de paz, o al menos no recordar la extraña manera que tuviste de despertarme.

No debiste subestimar el orgullo que todavía guardaba. Condujiste mi imaginación por senderos de árboles enfermos, hasta leí al Marqués de Sade por ti. Qué vividos fueron los primeros sueños… Porque el ingenio no lo agudiza el hambre, ¿sabes?, sino el miedo a morir sin dejar una obra que nos recuerde. Yo sé que tu intención no fue crearme, absurdo hasta para ti, tan sólo castigarme, o cobrarte un precio excesivo por eso que dicen vendes por las esquinas. Sin embargo, este ego que te habla no es un rebote circunstancial, es tu reacción igual y opuesta, pero más sádica.

Remordimientos todavía me quedan, aunque haya intentado encerrarlos en el mismo cajón de los gritos, conservo los que me ayudan a ser alguien más del montón de descartes. Aquí no hay porqué, contigo hasta en las venas no hacen acto de presencia. ¿Imaginas que te hubiese permitido huir? Lo intentaste, con valorable arrojo además; despertar sin bridas ni cuerdas, sin mí, engendraría fantasías en cualquiera, pero no fue de sensatez de lo que hiciste alarde después de varias semanas postrado en un camastro negociando tu precio con la muerte. Ya no podía ir peor. Claro. Pues sí, sí que podía, corazón.

Colgado por los pies me recuerdas a las fotografías de pescadores de tiburones; quizás debiera inmortalizar el momento una vez agotado tu último aliento y colgar el trofeo de veinte por treinta en el cuarto de estar. Curioso cuadro que enseñar a mis hijos si llego a tenerlos. “—¿A qué te dedicabas, mamá? —A cazar bestias, mi amor. —¿Y era peligroso? —Menos que el primer día de clase”. Y después de un beso en la frente le explicaría que tu imagen no es más que un montaje hecho con ordenador por un amigo chistoso. Cuentos. Todas las madres explican el suyo.

Tú no verás ese día.

A un ratio de doscientos setenta mililitros por minuto, cuando haya cortado tu carótida, te quedarán dos o tres de sufrimiento antes de perder la conciencia. Ese es todo el tiempo que te resta de cuerpo y pena. Podría acortar la agonía, sólo debería seccionar una arteria más. Y me perdería ver cómo sientes que se te cuela la vida por el sumidero. Si el éxtasis se parece a algo, debe ser a eso.

¿Tienes algo qué decir? ¿Unas últimas palabras? ¿Tu testamento? ¿Tal vez algún mensaje para tu gente?

—Que te den por el culo, puta loca de mierda.

—¿Por qué no me sorprendes?

En cuanto el cuchillo reaparece entre la carne, mis manos, mi cara y mi pelo chorrean tu sangre bajo la lluvia macabra. No lo siento. Ni en el alma que digo que no tengo.