19 de diciembre de 2016

Naturaleza hostil (II)

Niña, también me inspiras.
Tú, que mezclas el beat con las merinas en una carnicería de sentimientos que no has tenido arrestos de experimentar, te despersonificas para devenir carnaza de telebasura y anclarte en eterna aspirante a portada sin registros ni variedad, blanca, reluciente y rota. Y vacía.
Falsa hasta en los lamentos que te retuercen el cuerpo, vendes tus espinas y lo llamas amor cuando juegas a rapaz sin ser más que una gallina vestida con la piel de una loba muerta por traición.
Y ni siquiera la mataste tú.

11 de diciembre de 2016

Naturaleza hostil (I)

De charla corta y siempre alrededor de tu ombligo, te presentas como escritora a la deriva ensimismada por unos devaneos absurdos que no te dan de comer. Si abrieras la mente como la boca, otro gallo te cantaría, princesa. Ridícula belleza esa que te habita el cuerpo contrahecho, tallado al contraluz en papel de fumar, anhelante de besos que te deshagan en halagos y alimenten tu vanidad. Mientras, ensayas miradas en el espejo de los orgasmos tallados a mano junto a las palabras que no dirás.

La fragilidad de tu impostura me abruma, coleccionista de clavos por sacar.

23 de septiembre de 2016

¿Autocrítica?

No suelo dar muchos rodeos a no ser que salga a caminar con el perro, así que tampoco lo haré cuando se trata de examinar un trabajo que procede de mis manos. La exigencia es un rasgo de carácter valorable cuando no es llevado hasta el extremo del látigo, y que me perdonen pero he sido exigente con todo el mundo mientras dejaba a la laxitud dominar mi propio comportamiento. Empieza a ser hora de hacer propósito de enmienda y, también, de una cura de humildad. Por un rato.

Lo primero a destacar del último cuento publicado es que escribo como hablo: mal. Breve. Sencilla. Sin vueltas ni florituras ni metáforas. Se puede decir que se me nota la incultura en la lengua, ¿o tal vez debería decir “Se aprecia mi incultura en el uso de la lengua”? Habrá formas mejores. Soy, lo que mi hermano señaló y no sin poco acierto, recursiva. En cuanto me encariño con una palabra, expresión o fórmula sintáctica (como por ejemplo: “no es A sino B la que/el que/lo que…” y similares, o las descripciones de tres en tres aunque redunden unas en otras), la repito hasta la saciedad. Y me enerva.

También la descontextualización del texto se aprecia a simple vista. Hay varios puntos a destacar en este sentido, pero lo resumiré con una única muestra: la localización. ¿Dónde están? Lo sabía, de acuerdo, me permití la licencia de no escribirlo. ¿Cómo llegaron ahí? ¿Cómo le transportó? Si hubiese tenido respuesta para todas estas preguntas, no me habría conformado con un cuento. Resolví con varias excusas del tipo “para qué si esto es un blog que no lee ni Dios”, “si por el tipo de narración tampoco es necesario”, entre otras, que me evitaron la frustración inherente al hecho de no tener ni idea.

Los personajes adolecen de indefinición, y eso que solamente hay dos. Sí, es un cuento de no más de seis páginas concebido para eso, sin pretensiones. Sin embargo, el quién es quién en esto del relato importa tanto como lo de introducción, nudo y desenlace (que me salto porque me apetece), y no he sabido dotarlos de personalidad suficiente. No me sirve repetirme que han sido los primeros que desarrollo partiendo desde cero si sigo optando por el camino más sencillo sin preguntarme de dónde vienen.

¿Y los diálogos? “Digo”. Prometo corregirlos, he visto ejemplos de ellos por cientos, malos y buenos, deben estar escondidos en algún rinconcillo de la mente, ocultos tras la perversidad y el rencor. ¡La cantidad de mierda inútil que ocupa el cerebro!

No acabaré sin hacer referencia a los tópicos, muletillas y otras cosas de mal ver, ejemplificadas muy bien en este artículo de Yorokobu, y diseminadas por el cuento. Afirmaría que se trata de la transcripción exacta de la manera de hablar de la protagonista o que es un monólogo y seguiría sin saber si me excuso o argumento. ¿Me jode notarlo? (Retórica=Aberración). Obvio.

Existen mil defectos más por subrayar, alguien ya lo estará haciendo o ya lo habrá hecho (querencia que tengo por las disyuntivas). Otros aprovecharán para ilustrarme con condescendencia y paternalismo. Algunas, directamente, sacarán alguna idea sin ni siquiera dar las gracias mientras critican, con el morro de medio lado, dónde lleva la raya tal o cual periodista y cuchichean sobre la silicona que sale en las revistas.

No me avergüenzo de cicatrices que no tienen solución; ni de aquello que me falta y sí la tiene, lectura. Esa otra gente, ni con ella tiene remedio.

“En una mano llevan la piedra, en la otra muestran el pan”. Porque nada más tópico para acabar que una cita de alguien a quien no conozco.

18 de septiembre de 2016

Alimento para los buitres (XVII)

—Dicen de mí que no puedo matar a nadie y sin embargo aquí estás, moribundo y descarnado, a la espera de que algún día me olvide de ti y del daño que aún te debo. Ten por seguro que mil veces gastaría el tiempo invertido en esto si con ello consiguiera un poquito de paz, o al menos no recordar la extraña manera que tuviste de despertarme.

No debiste subestimar el orgullo que todavía guardaba. Condujiste mi imaginación por senderos de árboles enfermos, hasta leí al Marqués de Sade por ti. Qué vividos fueron los primeros sueños… Porque el ingenio no lo agudiza el hambre, ¿sabes?, sino el miedo a morir sin dejar una obra que nos recuerde. Yo sé que tu intención no fue crearme, absurdo hasta para ti, tan sólo castigarme, o cobrarte un precio excesivo por eso que dicen vendes por las esquinas. Sin embargo, este ego que te habla no es un rebote circunstancial, es tu reacción igual y opuesta, pero más sádica.

Remordimientos todavía me quedan, aunque haya intentado encerrarlos en el mismo cajón de los gritos, conservo los que me ayudan a ser alguien más del montón de descartes. Aquí no hay porqué, contigo hasta en las venas no hacen acto de presencia. ¿Imaginas que te hubiese permitido huir? Lo intentaste, con valorable arrojo además; despertar sin bridas ni cuerdas, sin mí, engendraría fantasías en cualquiera, pero no fue de sensatez de lo que hiciste alarde después de varias semanas postrado en un camastro negociando tu precio con la muerte. Ya no podía ir peor. Claro. Pues sí, sí que podía, corazón.

Colgado por los pies me recuerdas a las fotografías de pescadores de tiburones; quizás debiera inmortalizar el momento una vez agotado tu último aliento y colgar el trofeo de veinte por treinta en el cuarto de estar. Curioso cuadro que enseñar a mis hijos si llego a tenerlos. “—¿A qué te dedicabas, mamá? —A cazar bestias, mi amor. —¿Y era peligroso? —Menos que el primer día de clase”. Y después de un beso en la frente le explicaría que tu imagen no es más que un montaje hecho con ordenador por un amigo chistoso. Cuentos. Todas las madres explican el suyo.

Tú no verás ese día.

A un ratio de doscientos setenta mililitros por minuto, cuando haya cortado tu carótida, te quedarán dos o tres de sufrimiento antes de perder la conciencia. Ese es todo el tiempo que te resta de cuerpo y pena. Podría acortar la agonía, sólo debería seccionar una arteria más. Y me perdería ver cómo sientes que se te cuela la vida por el sumidero. Si el éxtasis se parece a algo, debe ser a eso.

¿Tienes algo qué decir? ¿Unas últimas palabras? ¿Tu testamento? ¿Tal vez algún mensaje para tu gente?

—Que te den por el culo, puta loca de mierda.

—¿Por qué no me sorprendes?

En cuanto el cuchillo reaparece entre la carne, mis manos, mi cara y mi pelo chorrean tu sangre bajo la lluvia macabra. No lo siento. Ni en el alma que digo que no tengo.

19 de agosto de 2016

Alimento para los buitres (XVI)

Todavía despiertas. Es cuestión de tiempo que la infección se extienda, ahora entiendo que lo del catéter no fue una gran idea. Me angustia la posibilidad de no saber qué hacer con tu cuerpo, es tan difícil imaginar con él algo bello que, mientras pueda, no morirás, aunque ello implique inyectar antibiótico en lugar de aire. 

9 de agosto de 2016

Alimento para los buitres (XV)

—¡Mira! —exclamo mientras arrojo sobre tus piernas un pedazo del periódico local—. Aún tienes motivos para la esperanza: «Desesperados, amigos y familiares colaboran con los Mossos d’Esquadra en la búsqueda de pistas que puedan ayudar a localizar su paradero». Y sin faltas de ortografía, que en este panfleto eso es sorprendente. ¿Crees que te reconocerían? Quiero decir, si enviara una fotografía de tu estado actual a toda esa gente que tanto te quiere, ¿sabrían que eres tú? En quince semanas has cambiado una barbaridad. ¡No! Haremos algo mejor, grabaremos un vídeo, como en Tesis. Y te presentas. Y les explicas, con tu voz y tus palabras, por qué estás así. Aquí. Conmigo. Y si te duermes frente a la cámara, de agotamiento, de dolor, de lo que sea, te cachetearé la cara con tu amiga la mandingo, que sé que te gusta. Si me muerdes porque crees que sin la mordaza eres un poco más libre, además de reírme, te arrancaré los dientes con aquellas tenazas. Y si mientes… —sonrío mientras hago sonar una cajita de Viagra—, adiós maracas.

2 de agosto de 2016

Alimento para los buitres (XIV)

¿Oíste ayer a los lobos susurrándote palabras de desconsuelo? Hablan de sus ganas de devorarte desde que olieron el primer sangrado. Esta madrugada su canto me ha llenado durante un momento de una dicha casi salvaje, enardecida por la idea de que muy pronto morirás. Quemado. De un disparo. De inanición. O, quién sabe, tal vez acabes desgarrado por las dentelladas de esos lobos que te anuncian su llegada.

27 de julio de 2016

Alimento para los buitres (XIII)

Al principio me tomaba un poco a broma todo esto de matarte. Era una manera más de gestionar las emociones y, por qué no reconocerlo, también un juego que reactivaba mi imaginación. Hice ejercicios de memoria para recoger fragmentos dispersos del recuerdo por si tenía que pronunciar algún discurso en mi defensa, cuantos más colocaba en el cesto mayor se hacía la podredumbre de mi cuerpo. Con todo, mi experiencia me lleva a pensar que perder el alma fue el menor de mis males. Así que continué hasta que no quedó gran cosa de mí. Siendo sin ser, existiendo sólo en soledad fue como empecé a sentir. A prevenir. A esperar con los brazos en jarras aquello que tu cabeza enferma y cruel maquinaba y a sortearlo con una mirada y un suspiro que te lanzaban una promesa de horror.

19 de julio de 2016

Alimento para los buitres (XII)

Los psicodramas que me mantienen entretenida e insomne de madrugada me han enseñado que para amputar lo mejor es calentar el filo al rojo vibrante que adquiere el metal empapado en fuego. El golpe… Nadie te prepara para eso. Practicar con productos del mercado aumenta la precisión, por supuesto, pero un pollo muerto no es nada comparado con el alarido de un hombre al ser cercenado.
Y te quedan diecinueve.

18 de julio de 2016

Alimento para los buitres (XI)

Prefiero matar a vivir con miedo, a seguir escondiéndome de miradas ajenas por algo a lo que no accedí. Mataperros me llamaron, y eso fue lo más bonito que dijeron de mí. Tu orgullo henchido por mi vergüenza hizo el resto, envenenando mis huesos a cada encuentro fortuito por la asfixiante ciudad. Qué pequeña parecía. Qué pequeña es.
Fingí que vivía. Que sonreía. Que amaba. Que follaba. Lo fingí como cualquier persona vacía. Y guardé silencio. Cuánto me jode tener que guardar silencio. Pero era el precio por oírme pensar en tu sangre.